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Con los ojos bien abiertos

14 jul

Quizá ya nadie lo recuerde, pero hace diez años que no puedo olvidarlo. Me es imposible borrar de la memoria aquel momento en que la historia de la tía Leonor encendió mi alma.

Todavía me imagino sentada en el pupitre destartalado, lidiando con el guardapolvo blanco y el calor de ese mediodía nublado. Aún siento los pasos de Silvia, mi profesora de literatura de noveno grado, recorriendo las filas para evitar que nos copiáramos.

Era el último examen del año y tengo la certeza de que estaba nerviosa. Seguramente arriba del escritorio se encontraban acomodados, en hilera: dos lápices negros, dos lapiceras azules, una de color, el corrector, la regla y la goma. No me caben dudas de que, además, había cerca de diez hojas rayadas -siempre tuve la letra muy grande y una imaginación incontrolable- y que al instante de empezar a escribir me puse tan colorada que fue imposible pasar desapercibida.

No podría detallar con precisión cuáles fueron mis gestos, pero toparme con una de las historias de Ángeles Mastretta hizo que, por el resto de mis días, deseara con todas mis fuerzas ser una de sus mujeres de ojos grandes. Esas que llevan el corazón en una mano y la espada en la otra.

Quizá fue por eso que, después de diez largos años, irrumpí en la librería decidida, dispuesta a comprar el libro y devorarme los relatos que me faltaban, ansiando parecerme a alguna, por no decir a todas.

Caminé despacio, saboreando el momento, sabiendo que en breve lo tendría conmigo; envuelta en una sensación extraña, tal vez temerosa: ¿por qué había esperado tanto?

Fue entonces cuando divisé al encargado, quien luchaba con el vértigo para no venirse abajo de la escalera al tiempo que acomodaba a Alicia en el país de las maravillas y le recomendaba a un señor leer a Irving David Yalom.

-Te hago una consulta, ¿tenés el libro Mujeres de ojos grandes?, le dije apurada antes de que la señora rubia, fanática de Rampolla -no le daban las manos para cargar con todos sus libros-, atacara.

-Se acaban de llevar el último.

-¡Qué suerte la mía!, pensé para mis adentros mientras impostaba una sonrisa y me resignaba a esperar otros diez años.

-¿Éste es el libro que buscás?, me preguntó una voz desconocida.

Me dí vuelta y ahí estaba: en las manos de un treintañero con ojos turquesa y una sonrisa presumida.

-Sí, le respondí tajante con todas las ganas de clavarle los dientes en la yugular y maldecirlo por haber llegado primero.

Pero él parecía estar tranquilo, a gusto con la situación, despreocupado porque lo mordiera. De hecho, se acercó a presentarse y me dijo que podía llevármelo.

-No, es tuyo, le expresé indignada. Y Joaquín sonrío, tal vez porque soy más linda cuando estoy enojada.

-Hagamos un trato, me propuso al tiempo que la señora rubia preguntaba sobre sexo, ruborizando al pobre encargado.

Después de un rato, nos pusimos de acuerdo: lo compraríamos a medias, yo lo leería primero -se jactó de ser un caballero- y luego lo haría él.

-El viernes te paso a buscar, me dijo ya en la vereda.

-¿Al libro?, le pregunté confundida.

-No, a vos, respondió risueño mientras desaparecía entre la multitud.

Y yo me abracé a mis mujeres, que goteaban tinta por la presencia de Joaquín, y supe que era una de ellas: con los ojos grandes bien abiertos, dispuesta a no perderme nada.

 

 

 

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